Hace poco leí una idea que no me ha soltado desde entonces, los recuerdos son mi verdad, pero no necesariamente la verdad. Están hechos de experiencia, de emoción, de percepción. De lo que vi, de lo que sentí y de lo que mi memoria decidió guardar. Así que todo lo que cuento sobre mi vida no es una versión definitiva de los hechos, sino la forma en que esa vida quedó latiendo dentro de mí.
Nací en Bogotá en 1987, pero mis recuerdos no empiezan ahí. De mis primeros cinco años no tengo ni una escena, ni una historia, ni una imagen suficientemente nítida como para decir, aquí estaba yo. Mi memoria, al menos la que puedo nombrar, empieza en 1992, cuando nos fuimos a vivir a Quito, mi papá, mi mamá, mi hermano y yo.
Llegamos a un apartamento enorme, todavía vacío, esperando que llegaran nuestras cosas desde Colombia. Había apenas dónde dormir, una lamparita y algo para pintar. Pero yo no vi vacío. Vi posibilidad. Vi aventura. Vi una especie de campamento doméstico, sin bosque, sin humedad, sin incomodidad. Una casa suspendida, a medio hacerse, donde la vida todavía estaba por acomodarse.
Después vino el colegio. Grande, lleno de árboles, casi más parecido a un paisaje que a una institución. Hice amigas rápido. Nos trepábamos a las ramas, inventábamos historias, ocupábamos el tiempo como solo se ocupa en la infancia, sin medirlo. Mientras tanto, el apartamento se fue llenando de muebles, de rutinas, de días. Y yo, sin saberlo, también me iba llenando de escenas.
Pero había un territorio en el que nada terminaba de encontrar su lugar, lo académico. O quizá sí estaba encontrando su lugar, solo que nadie sabía leerlo. Me fue mal, siempre. Muchos años después, cuando revisé mis libretas de notas ya adulta, vi repetirse una misma observación, recomendaban llevarme al psicólogo por mis problemas de concentración.
Pero esa era otra época. Una época en la que casi nada de esto se nombraba. Una época en la que la salud mental venía cubierta de juicio y de miedo, y en la que a una niña que no encajaba del todo era más fácil llamarla distraída, vaga o problemática que mirarla con verdadera curiosidad. En mi entorno, ir al psicólogo era algo reservado para “los locos”. Y así, sin lenguaje y sin pregunta, quedó archivada una parte de mí que ya estaba intentando hablar.
Cuando miro hacia atrás tampoco encuentro demasiados recuerdos vívidos de mi infancia. No una línea continua, no una secuencia perfecta. Más bien, fragmentos. Pero entre todos esos fragmentos hay una certeza que nunca se movió, fui feliz.
Nos mudamos de casa, cambiamos de colegio, y detrás de cada cambio parecía haber una intención silenciosa de buscar algo mejor, más espacio, más naturaleza, más aire. Un lugar donde se pudiera correr, respirar, expandirse.
Fui una niña muy de los noventa, libre, imaginativa, con las piernas llenas de árbol y la cabeza llena de mundos. Y fui también una adolescente muy de principios de los dos mil, confundida, incómoda, desafiante, convencida de que huir podía arreglarlo todo.
La adolescencia hizo más visibles las grietas. Lo académico, que nunca había sido un lugar amable para mí, se volvió todavía más hostil. Ya no era solo una dificultad. Era una incomodidad constante, una fricción, algo que me dejaba expuesta.
Y en algún punto, así lo viví yo, parecía que solo había dos papeles disponibles, la tonta o la rebelde.
Y sí, tonta no fui.
Eso me trajo problemas, por supuesto. Pasé por un par de colegios y terminé graduándome en modalidad semipresencial, en un garaje. Y aunque en esa frase hay algo casi cinematográfico, también hay una verdad, yo ya venía buscando una salida, aunque todavía no supiera nombrarla.
En ese momento no sabía que estaba construyendo una máscara. No sabía que la rebeldía, además de impulso, también podía ser defensa. Eso solo lo entendí muchos años después. Ya adulta, al volver sobre esa versión de mí, pude reconocer que había inventado un personaje para no convertirme en la que no podía, la que no rendía, la que no encajaba.
Y además me quedaba bien. Muy bien. Ese papel me sentaba maravillosamente. Me divertí muchísimo dentro de él. Y, como pasa con casi todo lo que a una la salva por un tiempo, también tuvo consecuencias.
A partir de ahí venía otra cosa, la adultez. La obligación de elegir. La libertad de elegir. El vértigo de elegir. Escoger una carrera, un país, una forma de existir. Una libertad que al mismo tiempo me agrandaba y me aterraba.
Creo que también hay algo muy millennial en esa frontera. Haber crecido entre el juego libre y la presión por definirnos. Entre una infancia todavía lenta, de árboles, bicicletas y tardes interminables, y una adultez que empezó demasiado pronto a pedirnos respuestas, rendimiento, identidad.
Así que, en una historia muy resumida, esa fue la niña que vivió en mí. Siempre soñando, siempre con malas notas, siempre rebelde, pero al final de todo, siempre feliz


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